La verdadera buena suerte no consiste en nunca experimentar fracasos, sino en completar temprano en la primera mitad de la vida la actualización de la comprensión de la realidad.


El crecimiento de las personas comunes a menudo proviene de sufrir pérdidas, frustraciones, fracasos y traiciones, estas experiencias aunque dolorosas, pueden ayudar a una persona a establecer límites, conciencia de riesgos, capacidad de pensamiento independiente y comprensión de la naturaleza humana.
Cuando una persona en una etapa temprana ve claramente las relaciones, los negocios, la riqueza, la naturaleza humana y sus propias limitaciones, ya no se deja influir fácilmente por las emociones, fantasías e impulsos, sino que aprende a tomar decisiones con estabilidad, valorar el tiempo y concentrarse en el crecimiento.
Lo que se llama “buena suerte” no significa estar siempre en un camino sin obstáculos, sino pagar temprano la matrícula que corresponde, convertir el dolor en comprensión, transformar las experiencias en sabiduría, y así vivir en la segunda mitad de la vida con mayor claridad, serenidad y libertad.
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