La gente siempre piensa que la caída de una persona es por un golpe fuerte, un destino que se derrumba, o una situación desesperada repentina.


Pero en realidad, la decadencia de una persona nunca es una caída repentina, sino una lenta inmersión como la de la rana en agua caliente.
No hay desastres apocalípticos, ni pruebas imprevistas, solo dejar que la pereza eche raíces, permitir que los deseos se desborden, un poco de compromiso, una y otra vez de retirada, hasta quedar atrapado en el lodazal de la mediocridad, sin poder salir.
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