En la vida real, la ruptura de muchas relaciones no se debe a una excesiva cercanía, sino a confundir la cercanía con posesión, y a interpretar el conocimiento mutuo como una falta de necesidad de gestionar la relación. El mayor enemigo de las relaciones humanas no es la excesiva intimidad, sino convertir la intimidad en algo que se da por sentado. La mejor relación no consiste en mantener la distancia, sino en, después de haber sido lo suficientemente cercanos, seguir conservando respeto, gratitud y límites. Porque una verdadera intimidad madura no es acercarse sin límites, sino, después de acercarse, seguir viendo al otro como una persona independiente; y una relación duradera no es una unión absoluta, sino que, incluso al tener al otro, se mantiene la capacidad de valorar y apreciar a la otra persona.

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