Muchas personas entienden la felicidad como un estado emocional de constante elevación, por lo que persiguen la alegría y evitan el dolor. Pero las emociones en sí mismas son fluidas, la alegría llegará, la tristeza llegará, la excitación llegará, la pérdida también llegará. Ningún tipo de emoción puede permanecer para siempre. Lo verdaderamente importante no es hacer que uno esté eternamente feliz, sino tener la capacidad de aceptar todas las emociones. Cuando aparece la alegría, no hay necesidad de aferrarse; cuando aparece el dolor, tampoco hay que ahuyentarlo. Sabes que vendrán, y también sabes que eventualmente se irán. Un río no cambia de dirección por una ola, y el mar no pierde su vastedad por una tormenta. La emoción es la ola, la conciencia es el mar; la emoción es el clima, la vida es el cielo. Por eso, lo verdaderamente valioso en la vida no es la felicidad, sino un estado de existencia estable y amplio: permitir la alegría, permitir la tristeza, permitir los altibajos de ganancias y pérdidas, pero no dejarse llevar por ellas.

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