Muchos piensan que la práctica espiritual consiste en controlar las emociones, aferrarse a lo que les gusta, resistir lo que no les gusta; en realidad, en un nivel más profundo, se trata de darse cuenta de que: no somos los dueños de todas las cosas, sino simplemente los testigos del flujo de las cosas. La vida de una persona, las personas, los hechos y las cosas que experimenta, en realidad no nos pertenecen; solo pasan temporalmente por nuestra existencia, luego se van o permanecen. Cuando ya no te aferras a agarrar algo, ni temes perder algo, sino que permites que todo venga, que todo se vaya, que haya, que no haya, que suceda, que sea así, descubrirás que tu corazón comienza a volverse amplio y estable. Porque tu energía ya no se gasta en luchar contra el cambio, sino en ser testigo del cambio en sí mismo. Así, las ganancias y pérdidas son solo fenómenos, el flujo es la esencia; poseer es solo un proceso, perder también es un proceso. Todo fluye desde el corazón, pero no se detiene en él. Hasta aquí, la energía no aumenta ni disminuye, todo está en su punto justo, y la persona finalmente vuelve a un estado de flujo con el cielo y la tierra.

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