Desde la perspectiva de la psicología, lo que se llama madurez no es volverse fuerte, sino aceptar gradualmente la verdadera apariencia del mundo y de uno mismo.


Primero, deja de esperar que otros te salven. Comienzas a entender que muchas heridas quizás no sean tu culpa, pero siempre es tu responsabilidad repararte a ti mismo.
Segundo, aprende a establecer límites claros. Sabes qué es tu responsabilidad, qué es responsabilidad de los demás, y ya no pagas por las emociones de todos.
Tercero, acepta que algunos problemas no serán resueltos por completo. La madurez no es eliminar todo el dolor, sino aprender a seguir adelante con arrepentimientos, defectos e incertidumbre.
Cuarto, deja de confiar completamente en tus emociones y pensamientos. Entiendes que el cerebro amplifica el miedo y crea desastres, por lo que comienzas a juzgar la realidad con hechos en lugar de emociones.
Quinto, deja de aferrarte a que todos te quieran. Sabes que las personas que realmente te convienen no necesitan ser complacientes, y que no se puede forzar a quienes no encajan.
Sexto, ten el valor de rendirte. La madurez no solo es perseverar, sino también reconocer que algunos sueños, relaciones y obsesiones ya han cumplido su misión.
Séptimo, valora a las personas verdaderamente importantes. Cuanto más experimentas, más descubres que al final no quedan muchas personas, sino unos pocos que realmente se entienden y valoran mutuamente.
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