Muchos deseos no son eliminados por la realidad, sino que son lentamente erosionados por el tiempo.


De niño siempre pensaba: cuando sea grande, no habrá quien me controle, y comeré lo que quiera, haré lo que quiera.
Pero al crecer realmente, de pie en el supermercado, frente a las paredes llenas de snacks, empecé a sentir: esto es demasiado dulce, aquello demasiado picante, esto demasiado molesto, aquello demasiado perezoso para abrir.
Al final no compré nada.
Luego me di cuenta: el mayor cambio en las personas no es tener más, sino que la capacidad de “querer” desaparece lentamente.
Muchas cosas no es que no tengamos condiciones en el futuro, sino que ya no las sentimos.
Crees que los deseos te esperarán siempre, pero en realidad tienen un ciclo de vida.
Algunas cosas: a los 18 años te emocionas, a los 25 dudas, a los 30 ya no te importan.
No es que esa cosa haya cambiado, sino que la persona que podía encender esa chispa en ti, ya está desapareciendo lentamente.
Por eso, las verdaderas lamentaciones en la vida no suelen ser por haber cometido errores en el pasado, sino por haber querido mucho en ese momento y haber esperado siempre al futuro.
Porque tu yo del futuro quizás ya no querrá las mismas cosas de ahora.
En realidad, las personas no pueden controlar sus propios cambios.
Muchas veces, lo que el tiempo lleva no son oportunidades, sino los deseos en sí mismos.
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