¿En qué consiste el desafío de la reducción de WOSH?

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En mayo de 2026, la Reserva Federal experimentó un cambio en su liderazgo, con Kevin Warsh tomando oficialmente el relevo de Jerome Powell como presidente. Esta transición ocurrió en un contexto de alta incertidumbre en el entorno macroeconómico global: conflictos geopolíticos elevaron los precios de la energía, la presión inflacionaria se reactivó, los rendimientos de la deuda soberana aumentaron en general y el déficit fiscal de EE. UU. continuó ampliándose. La asunción de Warsh señala una posible tentativa de la Fed de pasar de una intervención masiva en el balance a un marco de política más centrado en reglas y gestión del balance, aunque su implementación práctica enfrenta múltiples restricciones.

I. Continuidad y cambios potenciales en la política

Durante la era Powell, la Reserva Federal respondió a las secuelas de la pandemia y a la volatilidad económica mediante múltiples recortes de tasas y compras de activos. Con Warsh, inicialmente se esperaba que coordinara una política “dovish” (moderada) en línea con la expansión fiscal, incluyendo la reducción de la tasa de fondos federales y una disminución gradual del balance. Sin embargo, la reciente subida en los precios del petróleo cambió esta narrativa.

Hasta mediados de mayo de 2026, el rendimiento de los bonos del Tesoro a 10 años en EE. UU. subió a aproximadamente 4.6%, alcanzando un máximo de un año; el rendimiento a 30 años superó el 5.1%, el nivel más alto desde 2007. Los datos de inflación subyacente también aumentaron, con el IPC de abril creciendo un 3.8% interanual, acelerando la inflación en servicios. Los precios del petróleo, influenciados por la situación en Oriente Medio, superaron en un momento los 105 dólares por barril, transmitiendo los costos energéticos a índices de precios más amplios.

Warsh ha enfatizado la vuelta a una política monetaria “ortodoxa”, inclinándose por gestionar la oferta monetaria a través del balance en lugar de depender únicamente de tasas a corto plazo. Esta estrategia es similar a la de Vollker, aunque el entorno actual es diferente. Los futuros de fondos federales muestran que, para fines de 2026, la probabilidad de subir tasas se acerca al 50%, en contraste con las expectativas previas de múltiples recortes. Warsh podría optar por una “tensión simbólica” inicial, con un endurecimiento para demostrar su compromiso contra la inflación, seguido de una observación de los movimientos del petróleo; sin embargo, la experiencia histórica indica que la primera subida de tasas de un nuevo presidente suele ir acompañada de volatilidad en los mercados, como ocurrió tras la crisis de 1987 con Greenspan.

El espacio para maniobrar es limitado. En los últimos 12 meses, los gastos por intereses en EE. UU. se acercaron a 1.3 billones de dólares, representando una parte significativa del déficit fiscal. En los primeros siete meses del año fiscal 2026, los gastos netos por intereses superaron los 616 mil millones de dólares, con un aumento interanual del 6.4%. La tasa promedio de interés pagada ronda el 3.34%, pero los rendimientos actuales del mercado son mucho mayores, elevando los costos de refinanciamiento. Reducir las tasas a corto plazo aliviaría la carga de intereses de los bonos, pero los rendimientos a largo plazo dependen de la sostenibilidad fiscal y de los flujos de capital globales; por tanto, una simple reducción de tasas no sería suficiente para bajar significativamente los rendimientos a largo plazo.

II. Presión en los mercados de bonos globales

El aumento en los rendimientos de los bonos no es exclusivo de EE. UU., sino un fenómeno global. La rentabilidad de los bonos a 30 años en Japón alcanzó niveles récord, cerca del 4.2%; el rendimiento a 10 años del JGB subió a aproximadamente el 2.8%. Los bonos del Reino Unido con vencimiento a 10 años superaron el 6%, y en la zona euro también se registran ventas masivas. El costo promedio de financiamiento a 10 años en los países del G7 se acerca al 4%, un incremento de unos 80 puntos básicos respecto a antes del conflicto.

Este ciclo de ventas en bonos responde a múltiples factores: la inflación energética impulsada por la guerra, la reconfiguración de las cadenas de suministro en un contexto de desglobalización, y la diversificación de las reservas en dólares por parte de los bancos centrales. La demanda de bonos del Tesoro estadounidense por parte de inversores extranjeros se ha debilitado, ya que EE. UU. depende del financiamiento interno y del apoyo indirecto de la Fed. Aunque la emisión de stablecoins y las operaciones de basis en fondos de cobertura ofrecen cierto amortiguamiento, no son soluciones sostenibles.

Países como Japón, que han dependido durante mucho tiempo de tasas bajas, enfrentan riesgos para la estabilidad bancaria y la sostenibilidad fiscal ante el aumento de los rendimientos. Los bancos centrales globales enfrentan un dilema: mantener tasas bajas alimenta la inflación, mientras que subirlas frena el crecimiento. Si Warsh impulsa una reducción del balance, esto pondrá a prueba aún más este delicado equilibrio, posiblemente llevando a otros países a adoptar herramientas no convencionales como el control de la curva de rendimiento (YCC).

III. Marco a largo plazo en la era de la desglobalización

Desde que Vollker combatió la inflación en los años 80, la globalización, mediante la reducción de barreras comerciales y el flujo de capital hacia bienes baratos, impulsó una tendencia a la baja en las tasas de interés globales a largo plazo. Esta tendencia sustentó el aumento en los precios de los activos financieros. Sin embargo, tras la crisis financiera de 2008, la posición del dólar como reserva mundial fue desafiada, y los países comenzaron a diversificar sus reservas. Políticas como los aranceles de Trump aceleraron esta transformación secular.

La desglobalización implica un aumento en la inflación estructural y en las tasas de interés centrales. La reducción del comercio disminuye la entrada de dólares en el mercado de bonos del Tesoro, mientras que la reconfiguración de las cadenas de suministro de energía y minerales clave eleva los costos. La expansión del gasto en capital en IA, aunque estimula la demanda, también aumenta el consumo energético, generando presiones inflacionarias adicionales. Los precios del petróleo ya estaban en tendencia alcista antes del conflicto; una relajación geopolítica a corto plazo podría provocar correcciones, pero la tendencia a largo plazo sigue siendo al alza.

En este marco, la reducción del balance de la Fed enfrenta obstáculos fundamentales. Sin una entrada significativa de capital extranjero, EE. UU. difícilmente podrá financiar su enorme déficit sin recurrir a QE. La lógica de TINA (“There Is No Alternative”, “No hay alternativa”) se hace evidente: sin opciones mejores, eventualmente se volverá a la compra de activos (repetición de QE). (TINA es un concepto ampliamente utilizado en finanzas y economía, que significa que en ciertas circunstancias, los inversores, políticos o mercados no tienen mejores opciones y deben aceptar la opción disponible, aunque no sea ideal).

IV. La importancia de la asignación en activos duros

Ante el aumento del riesgo de monetización fiscal, los activos duros como el oro y la plata ganan atractivo. En el primer trimestre de 2026, la demanda global de oro creció un 2% interanual, con compras netas de bancos centrales de 244 toneladas. Los bancos centrales aceleran la diversificación de reservas, elevando la proporción de oro en las reservas mundiales. China, Brasil y otros emergentes aún tienen margen para incrementar sus compras.

Turquía, por ejemplo, vendió parte de sus reservas de oro debido a la subida de los precios del petróleo, pero esto responde a una gestión de liquidez a corto plazo, no a un cambio de tendencia. Cuando la situación energética se estabilice, la demanda de reconstituir reservas estratégicas impulsará nuevas compras. Goldman Sachs y otros analistas proyectan que el precio del oro podría superar los 4,300 dólares por onza para fines de 2026, impulsado principalmente por compras de bancos centrales y por la búsqueda de refugio geopolítico.

La plata también se beneficia tanto del aumento en la demanda industrial (energía solar, electrónica) como de su carácter de inversión. La tendencia a incrementar las reservas en oro y otros activos duros, además del oro, refleja una pérdida de confianza en el sistema fiduciario tradicional.

V. Perspectivas políticas y riesgos

Los principales desafíos para Warsh incluyen: equilibrar la lucha contra la inflación y el crecimiento económico, mantener la independencia de la Fed y gestionar la volatilidad en un contexto de alta deuda. A corto plazo, el precio del petróleo será un factor clave. Si la tensión en Oriente Medio disminuye, los precios energéticos podrían bajar, aliviando la inflación y abriendo espacio para una posible reducción de tasas. Sin embargo, los factores estructurales —desglobalización, costos de transición energética y expansión fiscal— apuntan a un aumento en la tasa central.

El mercado ha pasado de esperar múltiples recortes a adoptar una postura de cautela, incluso considerando una probabilidad del 50% de subir tasas. Este cambio pondrá a prueba la capacidad de comunicación y la credibilidad de Warsh. La historia muestra que la Fed prioriza la estabilidad financiera, y en segundo lugar, el control de la inflación. La reducción de tasas beneficia principalmente a la financiación gubernamental, mientras que el sector privado enfrenta mayores costos a largo plazo.

Las posibles “medidas extremas” incluyen el control de la curva de rendimiento, la obligación a las instituciones de mantener bonos del Tesoro, o incentivos fiscales para que los inversores nacionales compren deuda estadounidense (como exenciones fiscales). Aunque estas medidas podrían estabilizar los mercados a corto plazo, también distorsionarían la asignación de recursos y acumularían riesgos a largo plazo.

Conclusión

La transición de Powell a Warsh no es solo un cambio de liderazgo, sino una prueba del marco de política monetaria en la era post-globalización. La presión en los mercados de bonos, la persistencia de la inflación y los desafíos de sostenibilidad fiscal complican el uso de herramientas tradicionales. Los inversores deben centrarse en activos duros para protegerse contra la depreciación monetaria y la monetización de la deuda, además de seguir de cerca los precios energéticos, los avances geopolíticos y las señales de la Fed en las reuniones de junio y posteriores.

El entorno macroeconómico está pasando de los beneficios de la globalización a una nueva fase de mayor volatilidad y inflación estructural. Los responsables de política deben equilibrar la reconstrucción de reglas con la gestión de crisis, mientras que los participantes del mercado deben adaptarse a una lógica de asignación de activos en un contexto de mayor incertidumbre. La transformación tendrá efectos que perdurarán en 2026 y más allá.

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