Muchas personas no son inherentemente aburridas, sino que en el proceso de buscar seguridad a largo plazo, gradualmente filtran toda la información incierta. Para evitar cometer errores, ser rechazados y experimentar altibajos emocionales, solo aceptamos cosas familiares, estables y predecibles, y con el tiempo, aunque la vida se vuelve segura, también perdemos la sorpresa, la pasión y la capacidad de sentir lo auténtico. Porque la vitalidad en esencia no es una estabilidad absoluta, sino la capacidad de una persona de mantenerse conectada continuamente con el mundo desconocido. Aquellas experiencias que realmente hacen que una persona se sienta viva, a menudo llevan un poco de novedad, un poco de riesgo y un poco de imprevisibilidad. Por eso, que una persona quiera recuperar su energía no significa hacer un esfuerzo consciente por volverse “interesante”, sino mantener una apertura hacia el mundo, permitir que nuevas experiencias entren en la vida, y permitirse sentirse ocasionalmente incómodo, confundido e inseguro. Cuando una persona deja de considerar la “seguridad absoluta” como el objetivo máximo de la vida, la vitalidad comenzará a fluir nuevamente.

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