Las personas verdaderamente maduras, poco a poco comprenden: la sensación de seguridad nunca la da otra persona, sino que se vive uno mismo. El matrimonio puede cambiar, los sentimientos pueden cambiar, las personas también pueden cambiar, y ninguna relación puede garantizar que nunca cambie. Lo que realmente causa dolor, no es que la relación termine, sino que siempre fantaseamos con “nunca lo perderé”. Por eso, en lugar de luchar por controlar, sospechar, revisar el teléfono, temer ser abandonado, es mejor desarrollar de antemano la capacidad de afrontar los riesgos: tener la confianza para vivir de manera independiente, la capacidad de afrontar los cambios, y el valor para empezar de nuevo en cualquier momento. Porque las personas en realidad no pueden poseer a nadie verdaderamente, todos los encuentros son solo etapas de un camino conjunto, desde la desconocido hasta el cercano, y luego desde el cercano hasta la separación, eso ya es la norma de la vida. La llamada sensación de seguridad, no es encontrar a alguien que nunca te deje, sino que incluso si un día pierdes, cambias o te separas, puedas seguir sosteniéndote a ti mismo. Las personas verdaderamente fuertes no niegan la inseguridad, sino que, después de aceptar la impermanencia, siguen amando con sinceridad y viviendo con tranquilidad, cambiando su atención de “temer perder” a “hacer que crezca”. Cuando una persona empieza a creer: “Merezco ser amado, puedo protegerme a mí mismo, y mi vida no se derrumbará por la partida de nadie”, esa fuerza estable, relajada y consciente, es la verdadera sensación de seguridad.

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