Una persona que ha estado reprimida, resentida y sumisa durante mucho tiempo no puede brindar verdadera fuerza a la familia. Los hijos no crecen simplemente escuchando tus argumentos, sino observando cómo vives. Si desde pequeños ven a sus padres sonreír a pesar de perder dinero, sacrificarse y vivir sin dignidad, lo que sienten en su corazón no es "granza", sino "¿por qué la vida de uno es tan agotadora?". La verdadera buena educación no consiste en que los padres se quemen a sí mismos, sino en que los hijos vean que: las personas pueden vivir con dignidad, pueden trabajar con alegría, pueden tener límites, dignidad y pasión. Porque solo alguien que vive con luz puede llevar esa luz a su familia.

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