La calidad de vida muchas veces no depende de qué tan rápido corres o cuántos objetivos alcanzas, sino de si realmente estás "presente". En lugar de dejarte llevar siempre por los resultados y el futuro, es mejor desacelerar, calmarse y poner la atención en el momento presente: sentir cuidadosamente cada movimiento, cada detalle, experimentar el proceso mismo de hacer las cosas. Ya sea leer, escribir, tomar té, limpiar o descansar, hazlo con atención, no de manera apresurada. Cuando dejas de perseguir solo los resultados y te concentras en el proceso, descubrirás que la vida se vuelve más significativa, que tus acciones tienen más calidad y que tu corazón está más en paz y estable. Esos detalles que se pasan por alto, en realidad, son la parte que conforma una vida auténtica; aprender a sentirlos es aprender a vivir verdaderamente.

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