Ya Voy Más Allá de las Palabras



Ha pasado mucho tiempo; los días en que me dejaba llevar por el hechizo de las palabras y las confundía con la propia verdad quedaron atrás. Hace mucho que me di cuenta de que valoraba demasiado las grandes narrativas, las oraciones cuidadosamente estructuradas, las explicaciones convincentes, más de lo que merecían. En el punto en que estoy hoy, solo tomo en serio las oraciones que han pasado la prueba de la vida, que se han convertido en una práctica concreta, que llevan la huella de la experiencia vivida. Ningún discurso que sea perfecto en teoría y invisible en la práctica me resulta ya convincente.

Esto no es una ira por resentimiento o desilusión; sino, al contrario, el resultado de un equilibrio interno adquirido, de una depuración tranquila. Porque cuando una persona ve cuán débil queda la acción detrás de una oración que pasa por el mismo cambio de tijera una y otra vez, inevitablemente vuelve a reevaluar el valor que le asigna a las palabras.

En esta reevaluación, lamentablemente, también participan tres antiguas carencias que no puedo dejar pasar sin nombrar en mis estantes de memoria. La primera, la huella dejada por los momentos en que el esfuerzo realizado, el cuidado mostrado, el apoyo sincero brindado parecen casi invisibles. La extraña indiferencia en la que el valor otorgado no encuentra respuesta, e incluso se considera que su existencia tiene un suelo natural… Por supuesto, no toda bondad se hace con expectativa; pero la negación de la bondad es una injusticia sutil que toca el propósito de la existencia humana.

La segunda, la traición que poco a poco va rajando el suelo sobre el que se construye la confianza. No hablo solo de grandes traiciones; me refiero a la pérdida de promesas pequeñas, a que una postura que se mantenía ayer hoy desaparece como si nunca hubiera existido, o a que en el momento más crítico de las historias, no encuentras a quienes creías a tu lado. Sin embargo, la lealtad no es un juramento ostentoso; es la delicadeza de mantener la postura en el mismo lugar en un día cualquiera, en un momento en que nadie mira. Cuanto más veo su ausencia, más noto que también se desvanece mi fe en las grandes palabras.

La tercera, la inconstancia de la balanza de la vida, que a veces se desequilibra de manera inexplicable: la injusticia. Los momentos en que se ignora a quien merece, en que el esfuerzo se atribuye a otros, en que quien dice la verdad se queda solo… Esta antigua desigualdad sacude profundamente las narrativas sobre el mundo y las personas. Porque, mientras exista una injusticia encarnada, por más elegantes que sean las palabras que la encubren, permanecen en el aire, suspendidas.

Por eso, ahora solo escucho a quienes hablan con el lenguaje de la acción. Tomo en serio a quienes viven sus relatos, a quienes no dejan sombra entre lo que dicen y lo que hacen. Y saludo en silencio todas esas oraciones adornadas, brillantes, impactantes, pero las deposito en la última fila de los estantes, en un archivo abierto solo para los curiosos. Porque ahora sé que lo verdadero no se dice; se vive y se muestra así.
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