La destrucción de una dinastía corrupta es como el proceso de un parásito: consume continuamente los nutrientes del huésped, pero aún mantiene en funcionamiento la superficie. Cuando el sistema, como un sistema inmunológico, comienza a fallar gradualmente, los problemas se acumulan y no pueden ser reparados; cuando las contradicciones internas se acercan al punto crítico, estallidos de rebeliones, levantamientos, luchas por el poder y colapsos económicos se suceden, y toda la estructura se desmorona. Hasta este punto, impactos externos como guerras o desastres naturales, son solo el último golpe, no la causa, sino el momento en que cae.

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