Los adultos que se enojan se pueden dividir en dos tipos: involuntarios y voluntarios.


Los involuntarios suelen deberse a una falta de habilidades para gestionar las emociones o a una descarga instintiva bajo presión, y no necesariamente tienen la intención de controlar a los demás.
Los voluntarios son más como una estrategia, usando la presión emocional para hacer que la otra parte ceda y así lograr sus propios objetivos.
La clave para determinar si este comportamiento es dañino no consiste en distinguir fácilmente entre buenas y malas personas, sino en si se convierte en un patrón a largo plazo y estable, y si causa daño continuo a los demás.
Especialmente en relaciones cercanas, este tipo de presión emocional tiende a acumularse y a tener un impacto mayor, por lo que se debe tener una vigilancia especial.
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