Un niño no tiene la capacidad de separar las limitaciones de sus padres de su propio valor.


Por eso, muchos años después, incluso cuando ya se haya marchado de ese entorno, todavía permanece en su interior una sensación:
Tengo que esforzarme un poco más.
Tengo que valer un poco más.
Tengo que hacer que los demás se sientan satisfechos, un poco más.
De lo contrario, es como si no tuviera derecho a existir con tranquilidad.

Un niño necesita ser bendecido, ser bienvenido a este mundo; eso es algo que quienes crían deberían brindarle.
Si eso no se recibe, no significa que ese niño no merezca ser amado, ni significa que ese niño en realidad no debería haber existido.

Lo que más bien quiere decir es: que el entorno en el que creció no le dio lo que ella debería haber tenido.
Entre estas dos cosas hay una gran diferencia.
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