En las rachas en las que la financiación se vuelve extrema, la verdad es que casi no me moví, pero cuando estaba pendiente del gráfico me entraban ganas de tocar. Antes siempre ponía los stop-loss muy amplios, pensando “aguanto un poco más”. El resultado es que cuando el mercado caía, perdía más; además, los intereses iban comiéndose el capital. En realidad, el stop-loss es como una ruptura: cuanto más lo arrastras, más duele; asumir la pérdida antes me ahorra intereses y también me quita el estrés. La razón por la que me “tiro las ganas” es bastante común: le tengo miedo a quedarme fuera (perder la entrada), y quiero demostrarme algo. Tener ese dinero parado y no hacer nada me hace sentir que estoy desperdiciando oportunidades. En pocas palabras, es codicia más ilusión: pensar “esta vez será diferente”. Pero la experiencia me dice que, en la mayoría de los casos, es igual; si hay que cortar, hay que cortar.

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