Acabo de quedarme mirando fijamente un rastreador de gas un rato, como en trance. La verdad es bastante emotivo: cada vez que aparece un tema candente, la gente entra como si oliera sangre un tiburón, de forma frenética; en los grupos se dispara el “comprar” y el “señalen” sin parar. Pero no pasan ni dos días y ya llega el siguiente tema candente, y el de antes se enfría del todo. Echando un vistazo al mempool, cada vez que el ambiente se pone al rojo vivo, el gas revienta de forma absurda; y cuando vuelves a mirar, resulta que en 9 de cada 10 casos los que entraron son los “últimos en la fila”, los que acaban pagando el coste. En fin, yo cada vez soy más cobarde: mejor me quedo mirando, y cuando el gas baje hasta el suelo, ya veremos.



Las discusiones recientes sobre monedas de privacidad y mezcladores también están siendo interesantes: por un lado dicen que hay que ser conforme; por el otro, quieren anonimato. Y la bronca entre los dos bandos me deja sin saber quién tiene razón y quién no. Ya fue, así lo dejo. A ver si el próximo tema candente se enfría poco a poco y entonces decido.
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