Una semana se ha ido de la noche a la mañana así, en silencio. Hace mucho que no me quedaba tranquilo para ordenar bien las ideas que tengo en el corazón. Durante este tiempo miré y caminé a la vez, vi muchas montañas, ríos y paisajes, y poco a poco entendí algo: las verdaderas buenas oportunidades en la vida, por lo general, no se consiguen empujando dentro de la multitud para arrebatarlas, sino que aparecen cuando la mayoría piensa que no tiene sentido, y te das la vuelta para marcharte.



Esto me recuerda una vez que crucé un desfiladero. Al entrar, a mi alrededor había bastantes compañeros de camino: todos hablaban y reían, con mucho entusiasmo. Pero mientras seguíamos avanzando, el sendero se fue estrechando, la pendiente se volvió más empinada y la gente empezó a jadear cada vez con más fuerza. Muchos levantaban la vista hacia adelante, hacia esa ruta montañosa llena de curvas que parecía no tener fin, negaban con la cabeza, se sentaban allí mismo a descansar y luego regresaban. Al final, solo quedé yo y dos o tres compañeros que seguían avanzando. Aguanté un tramo más; al doblar una curva, de repente se abrió ante mí: ¡una cortina entera de cascada caía desde el acantilado, la bruma del agua era atravesada por la luz del sol y, de forma tenue, se alzaba un arcoíris! Ese impacto no se puede imaginar desde la entrada. Comprendí de golpe que el paisaje siempre estuvo ahí; solo que se escondía detrás de ese giro que la mayoría abandonaba.

Mirándolo de vuelta, en el día a día elegir el rumbo y hacer las cosas también es lo mismo. Ya sea profundizar en una profesión, o pulir con calma una habilidad, siempre hay un tiempo en que todo va sin mucho calor ni frío, incluso bastante solitario. Ese tramo, como el repecho más desesperante dentro del cañón: el bullicio de alrededor se va apagando poco a poco, la gente que camina contigo cada vez es menos, y no puedes evitar poner en duda si te habrás equivocado de dirección. Pero quizá precisamente esa frialdad te ayude a filtrar a quienes solo buscaban lo novedoso del momento, dejando el espacio real para quienes están dispuestos a quedarse.

No tengas miedo de que los días de ahora sean algo anodinos, y tampoco te vayas corriendo solo porque no ves “eco” en el momento. Cuando sientas cansancio y creas que todos a tu alrededor te instan a soltar, díselo a ti mismo: tal vez ese giro se esconde detrás de la siguiente curva. Si resistes la repetición día tras día, si soportas la soledad de no tener aplausos, al final acabarás esperando esa luz que te pertenece.

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