Recientemente me he obsesionado un poco con vigilar anomalías en la cadena: por las noches, cuando cierro los ojos, mi cabeza se pone en el ritmo del empaquetado de bloques. Para ser sincero, en los días de congestión yo dormía más tranquilo: total, a todos les iba mal, así que si hay deslizamiento, pues hay deslizamiento. Pero cuando el mercado se estabiliza, mis posiciones con pérdidas flotantes empiezan a rascarme la mente una y otra vez; aunque sé perfectamente que ya no va a caer más, no puedo evitar abrir para mirar. ¿Y cuándo estaba en ganancias? Tampoco me alegré demasiado: sentía que tenía que haber vendido y no vendí, y me daba miedo volver a perder. Luego descubrí que, en realidad, no tenía mucho que ver con todo ese ruido macro sobre recortes de tasas esperados, el índice del dólar o cosas así; era solo que me volvía demasiado sensible con la palabra “pérdida”. No tiene nada que ver con el número que aparece en el monedero: es esa cuerda en la cabeza que no se suelta. Ya da igual: después de vigilar el precio durante tanto tiempo, al final me parece que las pequeñas cosas de la vida son las que de verdad no me dejan dormir.

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