Acabo de echar un vistazo a todo y ahora mismo los PFP y las tarjetas de membresía se sienten de verdad como un juego de abrir un blind box. Hay quien cree que esto es el comienzo de que el valor a largo plazo de la marca se vaya consolidando, y hay quien piensa que no es más que una ronda de arbitraje de la atención. La verdad, yo soy más de los que miran el historial de commits y los registros del código, no de los que persiguen una “fe” gritando en la tarima del suelo de los blue chips. Si un proyecto ni siquiera es capaz de gestionar las actualizaciones de gobernanza como algo que no parezca una pelea en la comunidad, aunque los PFP estén dibujados de forma preciosa, no dejan de ser un avatar de gama alta. Recientemente, antes de un hard fork de cierta blockchain, todos estaban adivinando si los proyectos del ecosistema aprovecharían la situación para huir. Y mira qué bien: esa “cohesión comunitaria on-chain” vale menos que la estabilidad de una red de pruebas. Al final, la marca depende de la iteración y del consenso, no de una imagen y de una sala de Discord.

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