La apuesta de Trump es bastante clara: volver a bloquear a Irán, estrangular sus exportaciones de petróleo, apretar el “cuello” de la economía y obligarla a aflojar en el Estrecho de Ormuz.


Teherán, por su parte, apuesta a que puede resistir. Antes ya lo ha aguantado durante varios meses: movilización interna + reservas + exportaciones por rutas alternativas; la resiliencia es mayor de lo que el mundo cree. En realidad, ambas partes están jugando al “quién parpadea primero”.
Estados Unidos no quiere una guerra total de verdad, e Irán no puede permitirse un bloqueo prolongado. Pero si no puede “salvar la cara”, entonces solo queda seguir desgastándose mutuamente.
Cuando se traba la exportación de petróleo, la economía iraní lo pasará aún peor, pero el precio global del crudo también subirá: los primeros en sufrir serán los importadores de Europa y Asia.
A corto plazo, el riesgo en el estrecho sigue ahí y el precio del petróleo probablemente se mantendrá en una fase de alta volatilidad. La ventana de negociación, en realidad, siempre ha estado abierta, solo que ambas partes quieren conseguir más cartas antes de sentarse a negociar.
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