Acabo de poner un despertador nuevo y, cada vez que suena, me asusto y doy un respingo como en ese instante en que ves un enlace de phishing: el corazón late igual de fuerte. Antes pensaba que autorizar una firma era solo un trámite, como enchufar un cargador y listo. Pero la última vez estuve a punto de darle sin querer a un sitio de “simulación” de billetera que se veía increíblemente real; por suerte el nivel de carga y el saldo de la billetera me alertaron al mismo tiempo, y alcancé a mirar un poco más el sufijo del enlace. Ahora, cuando veo la deshidratación, la transferencia por pánico y esas emociones, en realidad no es que ayude: más bien prefiero fijarme bien en qué es exactamente lo que firmo. Al final, la seguridad se trata de esas pocas décimas o segundos de duda.

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