Una verdad cruel pero imposible de negar: entre la gran mayoría de personas no existe una comunicación en el sentido verdadero de la palabra.


El lenguaje es solo un soporte superficial; si se puede entender y conectar de verdad, lo esencial depende de si las frecuencias mentales de ambos encajan, si las experiencias vitales son equivalentes o si las posiciones por interés convergen. Dejando de lado estas dos bases, toda confesión y toda conversación no son más que un desgaste inútil: cada quien habla para sí.
Las conexiones en las que ambos pueden comprenderse y encajar en ambos sentidos siempre han sido escasas y raras.
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