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Gasto una cifra de seis mil aproximadamente y la dejo atada toda la noche; cuando entra, deja la mochila y, de pasada, me dice que primero vaya a darme una ducha.
Cuando sale envuelta en una bata, la llamo para que se ponga la ropa y salgamos a comer algo.
En el camino, va toda la ruta con la cabeza inclinada hacia un lado mirándome, sin decir palabra. Las farolas a la orilla le reflejan la luz en la cara; entonces saca un cigarrillo, lo enciende: un destello de fuego y sus ojos se apagan enseguida.
A la hora de comer, casi no hablamos. Le cojo un par de palillos de comida y se los sirvo. Al terminar, propongo que cerca hay un local de exposición de decoración: pasemos a dar una vuelta y luego volvemos.
Ella no se niega, va en silencio conmigo. Se nota que en su cabeza no para de dar vueltas la duda. El aire acondicionado de la sala de exposición está a temperatura baja y, en poco tiempo, no aguanta más: se inclina en el sofá de descanso y se queda dormida. Le quito la chaqueta y se la echo encima; ella se despierta de golpe, se asusta un poco y me pregunta, como si no entendiera: ¿es que tengo que dormir aquí?
Yo niego con la cabeza y le digo que temo que le entre frío. Después ya no vuelve a cabecear; se queda mirando las luces de la exposición y los modelos de casas ya montadas: la sala, el balcón, los soportes de flores… todo eran diseños que antes ella dibujaba a la ligera en sus cuadernos. De regreso al hotel en coche, no dice nada en todo el camino y está clavada en la ventana, mirando los edificios recién construidos.
Al llegar y pararnos frente al hotel, todavía se queda en blanco. Le agarro de la muñeca y señalo la tienda de reformas que acaban de abrir en la calle: por dentro las luces están encendidas, las baldosas, el armario, todo se ve limpio y ordenado, como un sitio hecho para vivir el día a día.
Le pregunto si todavía no sabe cómo me llamo yo.
Ella tiene la cabeza agachada; con el dedo roza el papel de precios pegado en el vidrio. Tarda mucho en levantar la cara y se le acumulan las lágrimas en los ojos.
Después de un buen rato recién habla; su voz está ronca y me pregunta si puede subir primero.
De vuelta en el coche, ella empieza a contarme cosas del pasado por iniciativa propia.
Antes, con su ex, todo el tiempo decía que iba a ahorrar para comprarse una casa; que le haría un escritorio colgante; que en el alféizar pondría colgantes de potos; que llenaría el balcón con plantas… Lo dijo durante años, y al final no se cumplió ni una sola cosa. En aquel entonces él se le pasaba revolviendo los catálogos de decoración, pero al final solo ella se quedó, yendo de un lado a otro. Hasta ella misma se ríe cuando lo cuenta, como si fuera una broma.
Ya en la habitación, me ducho y salgo; ella se queda sentada en la cama, en silencio, esperando. Me siento a su lado y no hago nada más. No aguanta el sueño y se queda dormida apoyada en la cabecera. Su respiración es suave; yo me acuesto a su lado y duermo toda la noche también.
Apenas amanece, me despierto primero. Veo que en su ojo hay una marca de lágrima ya seca. No me atrevo a llamarla; le meto a escondidas una tarjeta del local de decoración en su bolso y me voy solo.
Mucho tiempo después, paso por allí por casualidad y la veo.
Lleva encima ropa de trabajo limpia, ya no es esa imagen de antes, de vagar sin rumbo ni orden. Está plantada con seguridad en el área de modelos y le habla del diseño a los clientes. En la tienda, sus compañeros dicen que es muy atenta, la que mejor entiende cómo es la casita que otros quieren.
Solo ella sabe, por dentro, que estar todos los días en esa tienda no es solo para ir a trabajar. Ella está esperando a ese hombre de aquella noche: no la tocó en ningún momento, pero le ayudó a recuperar la seguridad de que algún día podría tener una casa.