Estoy mirando la pantalla de mi teléfono, y los dedos se me ponen rígidos cada vez que desplazo las noticias sobre una guerra que no termina. Cada titular se siente cada vez más pesado—no solo por las cifras de víctimas, sino por la historia que hay detrás. Casas destruidas, familias separadas y niños que deberían estar jugando, en cambio aprendiendo a sobrevivir en medio del estruendo de las explosiones.


Desde mi punto de vista, la guerra no es solo un conflicto entre países ni una lucha por el poder. Se trata de personas que lo pierden todo en cuestión de segundos. A veces me pregunto en el fondo: ¿cómo se siente vivir allí? Levantarse por la mañana sin certeza de si ese día será el último.
Me doy cuenta de que aquí todavía puedo quejarme de cosas pequeñas—el calor del clima, la conexión a internet lenta o una rutina aburrida. Pero en otros lugares, la gente solo espera poder ver el sol salir una vez más sin miedo.
Esa noticias me hacen sentir pequeña, pero también me abren los ojos. Este mundo no está equilibrado, y la paz es algo que a menudo damos por sentado. Desde esta pantalla pequeña, aprendo que la empatía es lo más sencillo que todavía puedo ofrecer—aunque sea solo a través de una oración y de la conciencia de que, allá afuera, hay vidas que están luchando mucho más duro que la mía.

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