No construyes algo real porque alguien te dio permiso.


Construyes porque sabes demasiado como para seguir dormido y crees demasiado como para quedarte quieto.

Antes de crear algo por tu cuenta, tienes que absorber una cantidad estúpida de información.
Lee.
Mira.
Falla.
Cuestiona todo.
Toca fondo.
Reconstruye tu mente desde cero.

Hasta que lo hagas, te quedas ciego.
No porque seas estúpido, sino porque el mundo te dio un sistema operativo predeterminado y nunca lo cuestionaste.

Y cuando por fin empiezas a ver con claridad, ten cuidado con quién dejas hablar por encima de tu visión.
Tu profesor puede estar equivocado.
Tu familia puede quererte y aun así no entenderte.
Tu jefe puede pagarte y aun así no saber de lo que eres capaz.
Tu esposa o esposo puede preocuparse por ti y aun así estar proyectando su propio miedo.

Respeta a la gente.
Pero no les entregues el volante de tu vida.

La mayoría de las personas no son malvadas. Están atrapadas dentro de reglas que nunca eligieron.
La cultura te dice que seas realista.
La sociedad te dice que seas humilde.
La escuela te dice que obedezcas.
Los trabajos te dicen que esperes tu turno.
La gente a tu alrededor te dice que te calmes porque tu creencia les resulta incómoda.

Así es como ocurre la muerte del ego sistémico.
No un solo momento dramático.
Sino años de que te enseñan a encogerte hasta que olvidas que alguna vez se suponía que debías expandirte.

Tienes que proteger tu creencia como si fuera oxígeno.
Sé abierto a todo.
Aprende de todos.
Escucha profundamente.
Pero confía en ti mismo más que en la multitud.

Porque en el segundo en que externalizas tu convicción, pierdes lo único que podría construir de verdad la vida que quieres.
El conocimiento te da visión.
La convicción te da movimiento.
Y la creencia en ti mismo es lo que te mantiene vivo cuando aún nada tiene sentido.

Si puedes verlo, aprender lo suficiente, sufrir lo suficiente y seguir caminando cuando nadie aplaude, puedes llegar a ser casi cualquier cosa.
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