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Antes del gran examen de inflación de EE. UU., Wall Street se enfrenta al engaño de datos más terrible de la historia
Autor: Wall Street Insights
Los datos oficiales de inflación muestran que la situación está bajo control, pero la confianza de los consumidores de Estados Unidos cae al nivel más bajo de casi medio siglo; esta brecha está poniendo en duda la confianza básica del mercado en los datos macro.
Los datos de IPC de Estados Unidos de junio se publicarán mañana. Antes de eso, en mayo el índice de precios al consumidor subió un 4,2% interanual, el índice de precios de gastos de consumo personal (PCE) aumentó un 3,4% y los datos oficiales dibujan un panorama de “preocupaciones, pero sin crisis”.
Sin embargo, el índice de confianza del consumidor de la Universidad de Michigan en mayo tocó el mínimo histórico desde que existen registros en 1978, y la lectura de junio fue la segunda más baja de la historia. En los cincuenta años cubiertos por este índice, incluyen la crisis del petróleo, dos burbujas del mercado de valores, una pandemia y seis recesiones; aun así, los estadounidenses siguen viendo la situación actual como el peor periodo económico.
Esta contradicción está provocando una profunda reflexión en el ámbito de la economía.
La economista laboral y asesora independiente de políticas Kathryn Anne Edwards, en un artículo de columna para Bloomberg, señala que la gran brecha entre los indicadores oficiales de inflación y la percepción real del público tiene su raíz en fallas sistémicas del sistema de medición vigente: utiliza un “cesto de mercado” promediado para ocultar realidades de inflación radicalmente distintas para diferentes grupos de hogares. Para los inversores que dependen de estos datos para fijar precios de activos y anticipar políticas, esto implica que los indicadores centrales que han usado durante mucho tiempo quizá no reflejen de forma fiel la presión real que vive la economía.
Un número que oculta millones de experiencias inflacionarias
La Oficina de Estadísticas Laborales de EE. UU. (BLS, por sus siglas en inglés) realiza un seguimiento mensual del cambio de precios de aproximadamente 100.000 bienes y servicios, y los pondera mediante encuestas de gasto de consumo para generar un CPI que refleja el comportamiento de compra del “consumidor típico”.
En la actualidad, la BLS mantiene solo tres canastas de consumo: todos los consumidores, todos los consumidores urbanos, y los trabajadores asalariados y empleados de escritorio en zonas urbanas.
Edwards señala que la limitación fundamental de este marco es que comprime a los consumidores, que son altamente heterogéneos, en un único promedio.
La propia investigación de la BLS ya ha demostrado que estas diferencias no pueden ignorarse: un estudio que cubre de 2006 a 2023 muestra que la tasa media anual de inflación del quintil de menores ingresos es aproximadamente 0,28 puntos porcentuales más alta que la del quintil de mayores ingresos, y la brecha acumulada alcanza los 7,7 puntos porcentuales.
En otras palabras, durante casi dos décadas, la presión inflacionaria real que soportan los pobres ha sido muy superior a la que enfrentan los ricos, y esta brecha casi no se aprecia en el CPI estándar.
Este tratamiento de “promediación” tiene efectos sustanciales en el mercado. Cuando los inversores y los responsables de políticas se basan en el CPI general para evaluar la orientación de la política monetaria, lo que ven es un número suavizado estadísticamente, no la distribución real de la presión dentro de la economía.
La base de datos ya está; lo que falta es voluntad de política
El argumento central de Edwards no busca derribar el sistema existente, sino señalar que el umbral técnico para ampliar las dimensiones de medición es muy bajo.
La BLS ya ha hecho el trabajo más pesado: recopila cada mes datos de la variación de precios de 100.000 bienes y servicios. Con esta base, construir más índices desglosados por tipo de hogar (solteros, matrimonios sin hijos, matrimonios con hijos menores, etc.), nivel de ingresos, alquiler o vivienda propia, edad, entre otros, en esencia solo implica reponderar y presentar de distintas maneras el mismo conjunto de datos originales.
La BLS ya tiene varias precedentes: CPI para personas mayores, CPI para nuevos inquilinos, CPI excluyendo cambios de especificaciones de productos y series de investigación de CPI por quintil de ingresos.
Estas series se publican con una frecuencia menor que la del IPC mensual, pero demuestran que el camino técnico es viable. Edwards sugiere que las tres canastas existentes deberían ampliarse al menos diez veces y proporcionar datos mensuales para cada tipo de hogar típico, además de incrementar el tamaño de la muestra de la encuesta de gasto de consumo y ampliar la plantilla de investigadores de la BLS.
Más allá de la distorsión de datos, la presión real de la economía no puede ignorarse
Edwards afirma con claridad que la mejora del sistema de medición no resuelve el problema de la economía en sí.
Enumera las múltiples presiones a las que se enfrenta actualmente la economía estadounidense: desaceleración de la contratación, estancamiento del crecimiento salarial, precios que permanecen altos durante mucho tiempo, aumento continuo de la deuda de tarjetas de crédito, las tasas de interés elevadas que sofocan la vitalidad del mercado de vivienda y el posible impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral.
Estas presiones estructurales en conjunto explican por qué hay una brecha tan profunda entre la confianza de los consumidores y los datos oficiales. Para Edwards, la vía correcta para cerrar esta contradicción no es pedir al público que confíe más en los datos existentes, sino hacer que el sistema de datos refleje de forma más real la realidad de la vida de distintos grupos.
Para los participantes del mercado, la relevancia de este debate es la siguiente: de cara a la publicación mañana de los datos de IPC, los inversores quizá necesiten replantear en qué medida un indicador único agregado puede capturar con precisión la presión inflacionaria real y la divergencia de comportamientos de consumo en el ciclo económico actual; y esa divergencia es, precisamente, una variable clave para comprender la trayectoria de la política de la Reserva Federal y los riesgos en el lado del consumo.