Hermanos, ya no puedo más: lo he recortado todo. Este juego, el apalancamiento más oculto, en realidad no está en el gráfico; está metido en nuestra propia vida. Los días tranquilos, las esperanzas de los padres, todo queda, sin darte cuenta, apostado. Crees que estás jugando con dinero sobrante, pero luego miras atrás y descubres que lo apostado es la llamada de tus padres con el “no te canses demasiado”, la cesta de la compra que tu esposa canceló en silencio, el bostezo con el que tus hijos se quedan antes de dormir esperando que les cuentes un cuento. La cuenta se puede volver a abrir, el capital se puede volver a reunir, pero esas rutinas diarias robadas por números rojos y verdes no se pueden recuperar. El mercado de valores mañana puede seguir abriendo, pero mañana los niños crecen un día más, y los padres envejecen una décima de milímetro más. Esta cuchillada duele, pero al menos ya lo vi claro: el mayor interés compuesto de la vida nunca está en las velas, sino en cada cucharada y cada plato de comida que estás dispuesto a dejar el teléfono, para comer en serio. Despídanse, hermanos; ya lo he liquidado todo, salgo completamente del mercado.

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