Cuando mi abuelo tenía 94 años, estaba en estado crítico; hasta los médicos dijeron que prepararan el funeral. Cinco días sin comer, solo se sostenía con agua de miel y sueros nutritivos. Una vez se despertó y dijo que, en un sueño, había un hombre con ropa negra que quería llevárselo; él no se iba. El hombre con ropa negra insistía, tirando de él para que se fuera, y entonces mi abuelo se enojó y lo golpeó a golpes.



Después de que le hicieran acupuntura, en unos días se mejoró, no pasó nada.

Cuando llegó el verano, de repente le bajó la cabeza y se quedó sin aliento. Mi padre llamó al conductor y se fueron al hospital de inmediato. En el camino, mi padre no paraba de llamar a mi abuelo. Después de unos diez minutos, mi abuelo despertó. Ya en el hospital, el médico lo miró y dijo que no había nada, que no tenía nada.

En la noche del 30 de diciembre, o sea del 29 al 30, justo después de la medianoche, mi abuelo se fue: falleció en el sueño, sin enfermedad ni calamidades, de principio a fin no tardó ni el tiempo de fumar una media caña de humo. Al día siguiente fue Año Nuevo, primer día del año.

Unos días antes de irse, mi abuelo dijo que esta vez, seguramente se iría. Esta vez vinieron dos personas; él maldijo: “Esta vez ni siquiera lo pude pelear”.

Ay.....
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