Sam Altman podría ser el genio más controvertido de la historia de Silicon Valley.


Antes de Musk, lo criticó por convertir una organización sin fines de lucro en una máquina de hacer dinero; muchos quizá pensaban que era un ajuste de cuentas personal del viejo Ma.
Pero ahora Apple —el gigante tecnológico más estable y sobrio del mundo— también ha entrado a destrozarlo públicamente.
Apple acusa que las acciones de OpenAI no son el resultado de que algunos empleados actuaran mal por su cuenta, sino de una mala coordinación a nivel institucional.
En pocas palabras: OpenAI, empezando por la alta dirección, habría estado incitando de manera organizada a los empleados de Apple para que “se salgan” y se vayan llevando negocio.
Ese Tang Tan que lideró las contrataciones y el reclutamiento en OpenAI, en Apple es de nivel VP.
Apple acusa que no solo enseñó a nuevos compañeros a evadir los controles de seguridad, sino que además distribuyó entre todos los documentos internos del proceso de seguridad para cuando alguien se marcha. Vamos, vaya tela.
La respuesta de OpenAI fue bastante tibia: dijeron que no tienen interés en la confidencialidad ajena.
Pero esas palabras quedan bastante pobres frente a las pruebas.
Los registros de descargas que mostró Apple, los requisitos de piezas físicas, los procesos de entrevista… cada punto da directo en el corazón.
La valoración de OpenAI ahora es altísima, aterradora; su salida a bolsa está a la vuelta de la esquina, y necesitan con urgencia demostrar que pueden fabricar hardware como el iPhone, capaz de cambiar el mundo.
Pero los modelos construidos solo con potencia de cómputo son “blandos”; el hardware es “duro”.
Quisieron tomar un atajo y al final chocaron contra el muro defensivo legal que Apple ha ido acumulando durante más de veinte años.
En la narrativa de Sam siempre hay una arrogancia que sugiere que, para “beneficiar a la humanidad”, se puede hacer cualquier cosa.
Pero cuando tus socios llegan uno tras otro, acompañados de abogados, entonces ya no es una revolución tecnológica: es el colapso de la ética profesional.
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