El debate sobre sostenibilidad: en qué están prestando atención las empresas inteligentes - FTW Editorial dominical


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Este editorial representa el análisis y la perspectiva personal del autor. Aunque se basa en datos y desarrollos actuales, las opiniones expresadas son interpretaciones subjetivas y no necesariamente reflejan las de ninguna institución u organización. Se anima a los lectores a participar críticamente con las ideas presentadas y a sacar sus propias conclusiones.


¿Qué define la sostenibilidad? El diccionario te diría que se trata de satisfacer las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. De acuerdo, pero si nos quedamos en esta definición simplista, corremos el riesgo de perdernos la visión más amplia.

La sostenibilidad no es solo cuestión de huellas de carbono o de energía verde: es un concepto mucho más amplio que afecta a las empresas, las economías e incluso a las decisiones políticas que moldean nuestras sociedades. Y precisamente porque la sostenibilidad es tan vasta, genera fricción, malentendidos y, a veces, una resistencia manifiesta.

Miremos lo que está ocurriendo en la UE ahora mismo. Después de años impulsando informes de sostenibilidad más estrictos, la Comisión Europea está dando marcha atrás de repente con algunas de sus políticas verdes. Están proponiendo elevar el umbral de empleados para los informes obligatorios de sostenibilidad de 250 a 1.000 empleados, lo que significa que cerca de 80% de las empresas antes obligadas ya no tendrían que divulgar su impacto.

¿Cuál es la justificación? Reducir las cargas burocráticas y garantizar que las empresas europeas sigan siendo competitivas. ¿El resultado? Un golpe a la transparencia y una señal clara de que, a pesar de todo lo que se dice, las instituciones pueden ser los actores más lentos a la hora de adaptarse.

Ahora, seamos honestos: la transición hacia una economía sostenible no es fácil. Si le dices a una empresa que necesita recortar 100% de sus emisiones en 10 años, es comprensible que pueda tener dificultades.

Pero aquí está la pregunta real: ¿las empresas y los inversores realmente necesitan límites impuestos por el gobierno para seguir un camino sostenible? ¿O es que la sostenibilidad ya es una inevitabilidad, independientemente de los cambios políticos?

Cuando trabajé en política internacional, aprendí una lección que parece obvia, pero que con demasiada frecuencia se pasa por alto: las personas eligen políticas, las empresas son los intermediarios y las instituciones se adaptan: eventualmente. Y si miramos en qué punto están las generaciones más jóvenes, el mensaje es claro. Un porcentaje significativo de ellas considera la sostenibilidad un factor decisivo al tomar decisiones de compra.

Por eso, las empresas nos bombardean a diario con anuncios sobre sus compromisos de recortar emisiones y adoptar ESG. No necesariamente porque de pronto les importe, sino porque saben que no sobrevivirán si no lo hacen. Su modelo de negocio es simple: sin ventas, no hay supervivencia. Y cuando las empresas avanzan, las instituciones, por muy lento que sea, tienen que seguir.

Pero la adaptación no siempre es fluida y siempre hay resistencia. Ya hemos visto qué ocurre cuando las empresas no adoptan estrategias obvias y con visión de futuro. Miremos la pandemia: las empresas que no se habían digitalizado lucharon, muchas colapsaron. Pero, ¿de verdad necesitábamos una crisis global para entender que la transformación digital era inevitable? ¿Y ahora, de verdad necesitamos que los gobiernos obliguen la sostenibilidad a las empresas, o el mercado la dictará de todos modos?

En un mundo ideal, no necesitaríamos regulaciones. Las empresas entenderían que las ganancias a corto plazo no significan nada si se obtienen a costa de la supervivencia a largo plazo.

Las empresas e inversores más inteligentes ya lo saben. Los negocios sostenibles están atrayendo capital. Y aunque algunos políticos pierden el tiempo debatiendo si las iniciativas de diversidad y sostenibilidad son “necesarias”, el mercado ya está hablando.

Según el informe “Spend Z” de NielsenIQ, Gen Z es la generación con la influencia económica de más rápido crecimiento, y las proyecciones muestran que superarán a los Baby Boomers en gasto para 2029. En otras palabras, están a punto de convertirse en la fuerza dominante del mercado.

¿Adivina qué? Casi 73% de los Millennials y Gen Z ven el ESG como un factor clave al configurar sus carteras de inversión. Eso sale directamente de una encuesta de deVere Group. Así que, si te preguntas si la sostenibilidad es solo una moda pasajera, las cifras cuentan otra historia.

Y aquí es donde las cosas se ponen aún más interesantes. Si miramos hacia dónde están dirigiendo su dinero los inversores, vemos que emerge otra tendencia: el auge de las finanzas compatibles con la sharía.

Se proyecta que el mercado global de finanzas islámicas crezca hasta más de $8,255 billones para 2032, con una tasa de crecimiento anual compuesta de alrededor de 13% de 2023 a 2032. Y aquí está el punto clave: esto no es solo una cuestión de valores religiosos. Las finanzas compatibles con la sharía siguen una estructura que, de forma natural, evita la especulación excesiva, el apalancamiento de alto riesgo y las prácticas financieras explotadoras. En resumen, ofrece una alternativa sostenible y basada en la ética. Y está atrayendo inversores más allá de su base tradicional de mayoría musulmana.

Eso nos dice algo. Cuando los modelos financieros construidos sobre principios éticos ganan tracción a escala global, no se trata solo de sistemas de creencias: se trata de la viabilidad a largo plazo.

Así que, con todo esto en mente, tenemos que preguntarnos: si la sostenibilidad es tan crucial para las empresas, para las inversiones y para la supervivencia económica, ¿por qué estas ideas no siempre ganan en las urnas?

Mi respuesta es simple. El número de personas que vota es mucho mayor que el número de personas con poder adquisitivo real. La política sigue a la primera. El mercado se mueve con la segunda. Y aunque los ciclos políticos van y vienen, las empresas y los inversores inteligentes no operan con mandatos de cuatro años—miran los próximos cincuenta años. Y saben, con o sin límites impuestos, que la sostenibilidad no es solo una opción. Es la única vía hacia adelante.

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