Muchos años después, frente al colapso del mercado de valores, esta chica coreana recordará aquel lejano verano en que la gente se abrazaba y vitoreaba en las calles de Seúl.



El mundo entonces era ligero y generoso, con billetes de avión rebajados por todas partes; bastaba ahorrar una semana de salario para volar a cualquier isla y sumergirse en el azul.

Ella, que acababa de encontrar trabajo, lo apostó todo, arrojando todo su salario al ferviente mercado de valores, y milagrosamente ganó los próximos cinco años.

Bajo el sol, extraños de toda la ciudad se detenían sin previo aviso, se abrazaban y gritaban de alegría.

En esta temporada de ensueño, ella se sumergió en una felicidad extrema, experimentando una ilusión maravillosa: como si estuviera personalmente en el magnífico comienzo de la edad de oro de la humanidad.
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