Las vicisitudes de la vida nunca han sido un camino llano.


Las heladas del destino siempre llegan en momentos inadvertidos,
silenciosamente caen sobre los hombros, aplastando, puliendo, consumiendo el paso hacia adelante.
Has visto la hierba en las grietas de las rocas, enraizada en la fría y estéril piedra,
sin tierra fértil que la nutra, sin lluvia ni rocío que la favorezcan,
pero que despliega sus ramas en medio de tormentas y vendavales.
Las rocas se interponen capa tras capa, y crece serpenteando siguiendo las vetas, convirtiendo el desespero en su morada.
Esta es la más silenciosa tenacidad del mundo humano, que nunca alardea,
sino que acumula fuerza en lo oscuro, enfrentando todas las dificultades.
Así también es el ser humano en el mundo.
Esas persistentes silenciosas en las noches profundas, esos pasos que se levantan en silencio tras las caídas,
esos momentos de atravesar valles y tragarse las injusticias,
no son una concesión al destino, sino una terquedad propia.
La corriente fría del destino puede arrasar el paisaje de los cuatro rumbos,
pero no puede congelar la fuerza inagotable del corazón;
el desgaste del tiempo puede alisar las aristas de la impaciencia,
pero no puede destruir la tenacidad depositada en la médula de los huesos.
Nunca es necesario inclinarse ante las dificultades, ni bajar la cabeza ante el destino.
La verdadera tenacidad no es un arrebato temporal de pasión,
sino la espalda que no se dobla incluso en el fondo del valle.
Aunque la tormenta vaya y venga, solo arraiga en silencio y crece lentamente,
y en medio de la desolación, florecerá su propia luz del cielo.
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