El trauma no se repara con "más amor", sino debilitando el circuito traumático y reconstruyendo la capacidad de sentir amor; cuando el cerebro ha sido entrenado durante mucho tiempo para priorizar la detección del peligro, por más amor que se reciba, este se filtra como defensa; la verdadera transformación ocurre en las pequeñas experiencias cotidianas de seguridad, que hacen que "sentir lo bueno" vuelva a estar disponible.

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