Para los países desarrollados, la IA y la financiarización han promovido respectivamente, desde el ámbito económico y financiero, la divergencia en forma de K entre las clases sociales.



La IA ha comprimido los puestos de nivel inicial de los trabajadores de cuello blanco, que solían ser la base de la clase media: donde antes se necesitaban 10 puestos junior, ahora solo se requieren 2 puestos junior más IA; para las empresas tecnológicas, los bancos de inversión y las consultoras, esta es una tendencia claramente visible.

La concentración de fondos en fondos indexados y acciones tecnológicas líderes genera un mercado financiero más frágil: los flujos de capital pasivo no realizan descubrimiento de precios, lo que distorsiona la valoración de las acciones individuales; por lo tanto, el mercado parece estable durante las subidas, pero la liquidez desaparece instantáneamente durante las caídas. La fragilidad no se acumula de forma lineal, sino que se expone repentinamente en un punto crítico.

La brecha entre ricos y pobres seguirá ampliándose, manifestándose como una enfermedad crónica: política populista, sociedad polarizada, baja tasa de natalidad y proliferación de drogas.

La Renta Básica Universal y la industria del entretenimiento se utilizan para mantener la estabilidad, a costa de una continua disminución de la vitalidad social.

Para un individuo, dentro de esta tendencia estructural, la única postura correcta es: ser un participante del lado del capital, no un reemplazado del lado laboral.
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