Cuando era niño, jugaba con cualquier cosa y me sentía muy feliz y emocionado.


En la adolescencia, tomar la mano de una diosa me hacía sonrojar y acelerar el corazón.
Ver una mala película, reír a carcajadas.
Jugar un videojuego, gritar y alborotar.
Comprar un teléfono nuevo, sentir alegría por mucho tiempo.
Comer un bocadillo, tomar fotos de todo.
Al final, uno descubre que el índice de felicidad no tiene nada que ver con cuánto se posee.
Ver original
Esta página puede contener contenido de terceros, que se proporciona únicamente con fines informativos (sin garantías ni declaraciones) y no debe considerarse como un respaldo por parte de Gate a las opiniones expresadas ni como asesoramiento financiero o profesional. Consulte el Descargo de responsabilidad para obtener más detalles.
  • Recompensa
  • Comentar
  • Republicar
  • Compartir
Comentar
Añadir un comentario
Añadir un comentario
Sin comentarios
  • Fijado