«El Último Baile»


A las tres de la madrugada en Los Ángeles, el aire está cargado de tensión y expectativa.
Cristiano Ronaldo está en el túnel de jugadores, respirando hondo. Este es el último Mundial de su carrera. Su cuerpo de 38 años ya no es joven, pero su mirada sigue siendo tan ardiente como el fuego.
"¿Estás listo?", le pregunta Pepe, dándole una palmada en el hombro.
Cristiano asiente y mira hacia el campo a través del túnel. En las gradas, un niño pequeño con la camiseta número 7 agita la mano emocionado; es él mismo, el que hace treinta años lo vio jugar por primera vez en las calles de Lisboa.
Comienza el partido. La defensa colombiana es como un muro de hierro; cada ataque es neutralizado. Cristiano corre, se desmarca, dispara con todas sus fuerzas, pero el destino parece estar gastándole una broma: en el minuto 89, su mano a mano es detenido por el portero.
Suena el silbato final. 1-0. Portugal queda eliminada.
Cristiano se arrodilla sobre el césped, las lágrimas nublan su vista. En ese momento, ya no es el todopoderoso CR7, solo un hombre común que no logró cumplir su sueño.
El niño en las gradas llora, porque sabe que algunas despedidas son para siempre.
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