La oración verdadera nace de un corazón presente, no solo de labios que se mueven.



No exige, sino que suplica con humildad. No se apresura, sino que confía en el tiempo más preciso de Dios. La oración verdadera es honesta, menciona el miedo, el anhelo, el cansancio y la esperanza sin ocultarlos.

La oración también requiere buenos modales. Comienza con gratitud, seguida de petición de perdón, luego la súplica, y termina con entrega confiada. Porque el resultado no es asunto nuestro, nuestro asunto es suplicar con sinceridad.

La oración verdadera cambia el corazón antes de cambiar las circunstancias. Calma, fortalece y recuerda que nunca estás solo.

Ora como un hijo a su padre, seguro de ser escuchado, seguro de ser amado, aunque la respuesta llegue en otra forma.
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