La riqueza suprema en el mundo nunca ha sido el dinero externo ni las posesiones materiales, sino la propia persona.


Siempre buscamos afuera la supuesta abundancia, pero olvidamos que ya poseemos un tesoro inestimable: un cuerpo saludable, una vida vibrante, la capacidad de percibir el mundo.
Por más que se pague, nadie está dispuesto a renunciar a sus ojos, dedos, estos dones innatos, que son la riqueza más valiosa.
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