Una de las mayores pérdidas en la educación en China es encerrar a las personas más inteligentes en las aulas para competir por calificaciones, en lugar de permitirles ingresar en campos que realmente crean valor.


Tomemos como ejemplo la gastronomía.
La gastronomía francesa y la japonesa casi dominan el discurso de la alta cocina a nivel mundial. Pero si solo consideramos sabor y complejidad, la comida china no necesariamente es inferior.
El problema es, ¿por qué la gastronomía francesa puede evolucionar continuamente, mientras que la influencia internacional de la comida china siempre ha sido limitada?
Porque en nuestra percepción social, las personas que logran ingresar a universidades como 985, Tsinghua o Peking University deberían dedicarse a las finanzas, internet o instituciones de investigación, no a aprender cocina.
Pero la competencia en la gastronomía moderna ya no se trata solo de cocinar.
Requiere conocimientos en nutrición, estética, branding, marketing, gestión de la cadena de suministro, ciencia de los alimentos, e incluso habilidades de narrativa intercultural.
Si las personas con mayor capacidad de aprendizaje, investigación e innovación nunca ingresan a esta industria, entonces es muy difícil que esa industria logre una globalización y una actualización hacia lo alto de gama.
Una verdadera sociedad avanzada no consiste en hacer que todos los inteligentes se dediquen a los exámenes, sino en permitir que los talentos más destacados puedan elegir libremente cualquier profesión y seguir impulsando el progreso de esa industria.
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