Recientemente, he visto que alguien volvió a discutir sobre la minería de Bitcoin, y me recordó que este tema realmente vale la pena analizarlo a fondo.



Primero, comparto un dato: en 2021, la Universidad de Cambridge realizó un estudio que mostró que el consumo de electricidad de la minería de Bitcoin ya alcanzaba los 134.89 teravatios-hora, y si se considerara un país, su consumo eléctrico estaría entre los 30 primeros del mundo, equivalente al consumo anual de electricidad de Malasia. Suena un poco aterrador, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué la minería consume tanta energía? En esencia, porque la dificultad está en constante aumento. Cuando Satoshi Nakamoto empezó, con una computadora doméstica se podían minar 50 bitcoins, pero a medida que más personas entraron, el sistema diseñó que la dificultad de minería aumentara continuamente. La cantidad total de bitcoins está limitada a 21 millones, y cada 210,000 bloques, la recompensa se reduce a la mitad. Este mecanismo obliga a los mineros a actualizar continuamente sus equipos, comprando hardware más rápido para mantenerse competitivos. Como resultado, el consumo de energía se multiplica: una sola máquina minera consume alrededor de 35 grados de electricidad al día, y un campo de minería puede consumir tanta energía en un día como la que una persona promedio usa en toda su vida.

Hasta aquí, muchos se preguntarán: ¿vale la pena el costo energético de la minería, considerando que Bitcoin en sí mismo tiene valor? Es una buena pregunta. Bitcoin nació en 2008, durante la crisis financiera, cuando la Reserva Federal imprimía dinero sin parar, y la devaluación del dólar parecía inevitable. Satoshi Nakamoto quería crear una moneda electrónica descentralizada para desafiar ese sistema, y esa intención tiene su atractivo. En los primeros días, circulaba la historia de que alguien compró una pizza con 1000 bitcoins, en una época en que Bitcoin era algo marginal.

Pero ahora, ¿qué pasa? Bitcoin ya ha trascendido su función como moneda. Desde la perspectiva del valor laboral, no tiene un respaldo real, sino que es una burbuja especulativa. En 2020, la Reserva Federal volvió a imprimir dinero en masa, y el precio de Bitcoin subió por encima de los 60,000 dólares, pero esas subidas se basaron en la especulación. Hoy en día, su valor se sustenta más en características como la descentralización y el anonimato, pero esas mismas características también facilitan el lavado de dinero y las transacciones en mercados negros.

Con esto, se puede entender por qué China ha decidido tomar medidas firmes contra la especulación con Bitcoin. Por un lado, está el problema del consumo energético. Se dice que antes de 2021, casi el 70% de los mineros en el mundo estaban en China, donde en épocas de abundante agua usaban energía hidroeléctrica barata, y en épocas de sequía acudían a Mongolia Interior y Xinjiang para comprar energía térmica. Se estima que para 2024, la minería de Bitcoin en China consumirá tanta energía como la generada por 3.5 presas de la presa de Tres Gargantas, lo cual representa un enorme desperdicio de recursos para la economía.

Por otro lado, la naturaleza anónima de Bitcoin lo convierte en una herramienta para movimientos de fondos ilícitos. Lavado de dinero, tráfico de drogas, fraudes, todo puede realizarse a través de él, lo que representa una amenaza real para la seguridad financiera.

Y lo más importante, está la cuestión de la soberanía monetaria. En 2021, El Salvador convirtió a Bitcoin en moneda de curso legal, pero este año, en medio de un mercado bajista, el país sufrió pérdidas por millones de dólares, y algunos incluso dicen que podría ser el primer país en quebrar por la especulación con criptomonedas. ¿Qué demuestra esto? Que los riesgos de "hacer trading" con criptomonedas no son menores que los del juego, y pueden destruir la estabilidad financiera de un país.

Desde esta perspectiva, en cuanto al desperdicio de energía, los riesgos criminales y la seguridad financiera, la decisión de China de limpiar la minería y la especulación con Bitcoin es, sin duda, una decisión sabia. No se trata solo de una política de represión, sino de proteger la economía nacional y la seguridad patrimonial de las personas comunes.
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