Acabo de leer una de las historias más tristes de la justicia estadounidense. Joe Arridi — un joven con la inteligencia de un niño, con un coeficiente intelectual de solo 46, fue ejecutado en la cámara de gas en 1939. Pero aquí está el problema: él no cometió el crimen por el que fue acusado.



Todo comenzó en 1936. En Colorado ocurrió un ataque violento, y la policía estaba bajo presión — necesitaban encontrar al culpable rápidamente. Joe Arridi estuvo a mano, y era exactamente ese tipo de persona que aceptaría todo, solo para complacer a los demás. Sin huellas dactilares, sin testigos, sin ninguna conexión con el lugar del crimen. Pero ya había una confesión, aunque fuera falsa.

Lo más aterrador — Joe en realidad no entendía qué estaba pasando. No sabía qué era un juicio. No comprendía qué significaba la ejecución. Cuando lo llevaban a la celda, simplemente sonreía a todos a su alrededor. En sus últimos días le dieron un tren de juguete de hierro, y jugaba con él. En la última comida pidió helado. Los guardias lloraron esa noche.

Y el verdadero asesino fue arrestado más tarde. Pero para Joe Arridi ya era demasiado tarde.

Espera, hay algo más. En 2011, 72 años después de la ejecución, Colorado oficialmente conmutó la sentencia de Joe Arridi y declaró su inocencia. Indulto. Reconocimiento del error. La verdad, pronunciada décadas después. Pero Joe nunca lo escuchará.
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