El cerebro no fue diseñado para los mercados financieros en su evolución. Su modo predeterminado es seguir las tendencias, rechazar los stops, atribuirse el éxito o el fracaso, y operar en exceso, generando sistemáticamente un valor negativo en el mercado. La mejora más efectiva en la inversión no es buscar mejores acciones, sino identificar y limitar los sesgos cognitivos propios.

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