Alrededor del tiempo de la crucifixión de Jesús, los Evangelios registran signos extraordinarios:


“El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo.”
— Mateo 27:51
“Hubo un terremoto, y las rocas se partieron.”
— Mateo 27:51
“Había oscuridad sobre toda la tierra.”
— Mateo 27:45
Y la tradición rabínica (Talmud) posteriormente registra que, en los 40 años finales antes de la destrucción del Segundo Templo que Jesús predijo, los signos del Templo cambiaron:
La suerte “para el Señor” ya no salía favorable.
La hebra carmesí ya no se tornaba blanca.
La lámpara del oeste ya no permanecía encendida.
Las puertas del Templo se abrían solas.
— Yoma 39b
El Segundo Templo ya carecía del Arca, del fuego divino, de la Shejiná visible, de la profecía y de los Urim y Tummim.
— Yoma 21b
Luego Cristo es crucificado, el velo se rasga, y la vieja orden comienza a desaparecer.
El Templo todavía estaba en pie, pero algo había cambiado.
El mismo Cristo se convierte en el verdadero Templo.
El Templo era donde residía la presencia de Dios.
Cristo es “Emanuel”; Dios con nosotros.
El Templo era donde se ofrecía el sacrificio.
Cristo es el Cordero de Dios.
El Templo era donde se hacía la expiación.
Cristo es el Sumo Sacerdote final y la ofrenda definitiva.
El velo del Templo se rasgó en Su muerte porque el acceso a Dios ya no era a través de muros de piedra, sacerdotes y sacrificios repetidos.
Jesús ya lo había dicho:
“Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré.” Pensaban que se refería al edificio. “Pero Él hablaba del templo de Su cuerpo.”
— Juan 2:19–21
El Templo todavía estaba en pie.
Pero el verdadero Templo había llegado.
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