Siempre me ha fascinado analizar las caídas del precio del oro a lo largo de la historia. No es solo una cuestión de números, sino de entender qué sucede en los mercados cuando el miedo cambia de forma.



Pensemos en la primera gran caída entre 1980 y 1982. En menos de dos años, el precio del oro cayó un 58,2%. Estados Unidos y otros países estaban combatiendo la inflación reduciendo la demanda de oro, y cuando la crisis petrolera empezó a disminuir, los inversores ya no necesitaban ese refugio. Sencillo pero devastador.

Luego llegó la segunda caída de 1983 a 1985, con una bajada del 41,35%. La economía internacional entró en una fase de estabilidad, las economías desarrolladas prosperaban, los riesgos disminuían. Cuando el miedo desaparece, el oro pierde atractivo. Así es como funciona.

La tercera caída siempre me impacta más. Marzo-octubre de 2008, durante la crisis de las hipotecas subprime y el caos de la deuda europea. El precio del oro bajó un 29,5%. Los fondos eran drenados en todas partes, e incluso la Reserva Federal empezó a subir las tasas. En ese momento, el oro ya no era un refugio, era solo un activo en venta como todos los demás.

Desde 2012 hasta 2015, vimos la cuarta caída del oro, con una pérdida del 39%. ¿Recuerdas la estafa del oro de 80 toneladas en abril de 2013? Cuando el precio cayó, el dinero se volcó en el mercado bursátil y inmobiliario. Los inversores simplemente ya no querían oro.

La quinta caída fue más suave, de julio a diciembre de 2016, solo un 16,6% de descenso. Pero el patrón era el mismo: los inversores anticipaban subidas de tasas en Estados Unidos y, con el crecimiento económico global, vendieron sistemáticamente el oro.

Ahora me pregunto si estamos de nuevo en una encrucijada. Las elecciones estadounidenses ya movieron el precio del oro, y honestamente no sé si veremos una sexta caída o si esta vez será diferente. La historia nos enseña que cuando cambian las condiciones económicas, el oro siempre sigue. La pregunta es: ¿qué cambiará en los próximos meses?
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