Hace poco me puse a pensar en esas parejas que simplemente funcionan, ¿viste? Las que duran décadas sin drama, sin escándalos. Leonor Viale y Mauro eran así. Se conocieron siendo casi unos adolescentes, se miraron en una sala de cine y básicamente nunca se separaron. Casi 50 años juntos. Así, sin aspavientos.



Mauro era Mauricio Goldfarb en su DNI, pero todos lo conocieron como ese periodista que se convirtió en una voz familiar en la televisión argentina. Cuando lo conoció, Leonor, él era solo un agente de crédito con grandes sueños. Pero el tipo tenía algo: ese porte, esa forma de hablar que te cautivaba desde lo intelectual. Él le dijo que sería famoso, y ella le creyó. Así de simple fue.

Lo que me fascina de Leonor Viale es que nunca estuvo en segundo plano, aunque Mauro fuera el que salía en televisión. Mientras él construía su carrera, ella sostenía la familia. Criaron dos hijos: Ivana, que se dedicó a la psicología como su madre, y Jonatan, que terminó siendo periodista como el padre, trabajando en LN+ y en radio Rivadavia. La familia funcionaba como un engranaje bien aceitado.

Mauro era un trabajador obsesionado, casi nunca estaba en casa. Leonor fue quien acompañó a los chicos en los estudios, quien esperaba a ese marido que solo se permitía 15 días de vacaciones al año. Nunca renegó de eso. Con el tiempo, cuando los hijos crecieron, ella profundizó en su pasión por la psicología, por Freud. Y lo interesante es que Mauro la invitaba a sus programas de televisión para hablar de temas psicológicos. Los veías juntos en pantalla y notabas que estaban orgullosos el uno del otro.

En sus últimos años, cuando ya no tenían la responsabilidad de criar hijos, Mauro y Leonor viajaban cuando podían, malcriaban a sus nietos, disfrutaban de ese piso en Palermo donde vivían. Leonor le insistía que cuidara su salud, que bajara el ritmo. Pero Mauro seguía trabajando como siempre.

En 2021, todo cambió. Mauro contrajo COVID. Leonor estuvo aislada como contacto estrecho, viendo desde la distancia cómo su marido pasaba por terapia intensiva. Por un momento pareció mejorar, lo sacaron de cuidados intensivos. Pero luego tuvo un paro cardiorrespiratorio. Se fue.

Lo más duro fue que Leonor no pudo acompañarlo en el funeral. Solo su hijo Jonatan y la esposa de este pudieron ir al cementerio de La Tablada. Cuando le comunicaron la noticia, el mundo se le vino abajo. Más de 50 años compartiendo vida con alguien, y de pronto quedabas sola.

Era una historia de amor sin complicaciones, tan perfecta que casi parecería aburrida para una novela. Pero eso es lo real a veces: dos personas que se eligen a los 18 años y no se sueltan nunca. Leonor Viale y Mauro construyeron algo que duraba, que importaba, que dejaba huella. Eso no es poco.
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