La sinceridad en el cambio del tiempo


Siempre en la juventud, subestimamos el peso del tiempo, pensamos que la sinceridad puede resistir la larga duración de los años, que tratar a los demás como si fuera la primera vez es algo natural. Luego entendemos que, esta pureza y perseverancia, son las formas más difíciles de mantener de la ternura en el mundo.

En el momento de hacer una promesa, siempre estamos llenos de sinceridad, convencidos de que nuestros sentimientos no cambiarán, que los votos serán eternos. La sinceridad de aquel entonces no era falsa, la firmeza era genuina, pero nunca imaginamos que el tiempo silenciosamente reescribiría los corazones, desgastaría los bordes, y atenuaría la apariencia original. Resulta que las personas cambian, cambian en las silenciosas mañanas y noches, cambian en el paso gradual del tiempo que se aleja.

El encuentro y la compañía entre las personas, son como una lluvia fugaz y apresurada. Cuando llega, es apasionada; cuando se va, es rápida, empapando el pasado y difuminando las expectativas. Los caminos recorridos, las palabras dichas, las promesas hechas, no desaparecen con la lluvia, sino que se convierten en leves marcas de lluvia en el cristal de la ventana.

Con el paso de los años, después de la tormenta, las marcas de la lluvia todavía permanecen en su lugar, claramente visibles, difíciles de borrar. Son las huellas que deja el tiempo, son testigos del cambio del corazón, que nos recuerdan que la sinceridad es valiosa, que mantenerla no es fácil, y que las penas y ternuras escondidas en los años, finalmente se convierten en el paisaje más silencioso en nuestro corazón.
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