Acabo de profundizar en una de las historias más sombrías de la justicia europea, y me ha impactado. La historia de Anna Göldi no es solo una tragedia, es una demostración de cómo el poder y la influencia pueden convertir a una persona inocente en una chivo expiatorio.



Todo comenzó en 1781 en el cantón de Glarus, cuando la hija de un médico y político influyente empezó a enfermarse de manera extraña: convulsiones, y luego supuestamente escupiendo agujas de metal. Suena como un guion de película de terror, pero esto fue real. ¿A quién cayó la sospecha? A Anna Göldi, sirvienta en la casa de ese mismo médico.

Y aquí empieza lo más interesante. Historiadores modernos, como Walter Hauser, descubrieron la verdad: no hubo brujería. Todo fue una cortina de humo. Resulta que entre Anna Göldi y su empleador había una relación amorosa. Para una persona influyente, esto representaba una amenaza mortal para su reputación. ¿La solución? Deshacerse del testigo incómodo de una vez por todas.

A Anna la capturaron y la sometieron a torturas monstruosas — la colgaron de los pulgares con pesos en los pies. Bajo esa presión, ella, por supuesto, “confesó” un pacto con el diablo en forma de un perro negro. Luego se retractó de la confesión, pero tras nuevas torturas la confirmó de nuevo. Un escenario clásico de la justicia medieval.

El tribunal se encontró en una situación difícil: en 1782, las leyes ya no permitían ejecutar por brujería. Pero encontraron una salida: cambiaron la acusación a “envenenamiento”, aunque incluso según sus propias leyes esto no era castigado con la muerte. Una destreza burocrática al servicio de la injusticia.

El 13 de junio de 1782, sac
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