En 1979–1980, la situación de la economía estadounidense era incluso más lamentable que durante la crisis financiera de 2007–2008, y los mercados también se caracterizaban por una mayor volatilidad. A continuación se muestran gráficos que reflejan las fluctuaciones en las tasas de interés y el precio del oro hasta 1940. Como pueden ver, nada parecido ocurrió en el período anterior a 1979–1982.



Este fue uno de los momentos decisivos del siglo. En todo el mundo, el péndulo político se movió hacia la derecha, y llegaron al poder Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Helmut Kohl. La definición de «liberal» dejó de significar «que va a la par con el progreso», y adquirió un nuevo significado: «que paga a la gente para que no trabaje». En mi opinión, la Reserva Federal quedó entre la espada y la pared. El banco central debía o a) poner en marcha la imprenta para resolver los problemas de deuda y apoyar la economía (aunque la inflación ya había alcanzado el 10 % en 1981, lo que llevó a los operadores bursátiles a deshacerse de bonos y a pasar a activos con cobertura contra la inflación), o b) intentar controlar la inflación con una política de endurecimiento sin precedentes (lo que sería fatal para los deudores, ya que el nivel de deuda era el más alto desde la Gran Depresión). La situación empeoraba debido a los ritmos progresivos de inflación y a una disminución similar en la actividad económica. Ambos indicadores alcanzaron niveles críticos. El nivel de deuda seguía creciendo a un ritmo más rápido que el aumento de los ingresos necesarios para pagarla, y los bancos estadounidenses otorgaban enormes préstamos, mucho mayores que su propio capital, a países en desarrollo. En marzo de 1981, escribí un artículo para la newsletter Daily Observation titulado «A la espera de la próxima depresión», que terminaba diciendo: «A juzgar por la magnitud de los préstamos que hemos otorgado, la próxima depresión será comparable o peor que la que vimos en los años 30».
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